Crónicas de un padre retromoderno (cap. II)

He notado que una costumbre muy aceptada en nuestra civilización es la de ofrecer golosinas a niños ajenos. A mí esa costumbre me da algunos escalofríos. Un poco por mi (sana) obsesión por el estado de los alimentos que consumo y otro por los miles y cientos de mitos urbanos, leyendas y cuentos infantiles basados en gente (brujas, hombres de la bolsa y otros) que ofrecen dulces contaminados para alcanzar sus fines malignos o por mera estupidez. Por esto, tiemblo y me pongo rojo de pavor cuando del bolsillo transpirado de un taxista se despega un caramelo misky de cereza en dirección a mi hija. Urbanidad mediante -y porque en las manos del taxista corre la suerte de nuestras vidas durante los siguientes quince minutos- dejo que la niña lo acepte, advirtiéndole que lo guarde para después “porque el que guarda siempre tiene”. Como ven, yo nunca pierdo oportunidad para educar.

Claro que después, en un rito ancestral de sacrificio por la especie, el misky me lo como yo. Lo mismo hago cuando los serenitos que compro en los chinos parecen haber perdido la cadena de frío, lo que lamentablemente sucede casi siempre. A veces me pregunto hasta cuando va a aguantar mi cuerpo tantos sacrificios.

Las viejas son un caso especial: siempre pero siempre tienen algo para ofrecer. Hábiles pistoleras, antes del “ay que preciosura” dos caramelos resbalan desde quién sabe dónde hasta sus dedos. Admito que los caramelos de las viejas me dan un poco más de confianza que los de los taxistas. Aun así, nunca bajo la guardia.

Y fue gracias a mi actitud vigilante, que pude detectar esta anomalía:

¿Caramelos? de la marca “FRUIDORA” sabor “erdbeere”, “kirsche” y “pfirsche”. Fueron tantas las preguntas que me surgieron (¿Qué eran realmente? ¿Dónde los había comprado? ¿Cuánto hacía que la vieja tenía esos caramelos? ¿40, 50 años? ¿Los trajo cuando escapó de los campos de concentración nazis? ¿Cómo demonios se pronuncia pfirsche? ¿Señor kioskero, véndame un marrón de los de pfirsche?) que me los devoré en el acto, sin dejar siquiera que pasaran por las manos de mi nena. Sonreí, saludé amablemente (todavía masticando el de erdbeere) y nos alejamos de la vieja, escandalizada ésta por una sacrificio que no alcanzó a comprender. Mi hija tampoco. Sólo dejó de llorar cuando le compré un peso de sugus, rojos como la frutilla y azules como la ananá.

Nena: nunca te olvides que lo hago por tu bien.

(¿Alguien sabe dónde puedo conseguir más caramelos FRUIDORA sabor erdbeere?)

~ por nuncahubounavez en enero 31, 2008.

8 comentarios to “Crónicas de un padre retromoderno (cap. II)”

  1. A mi me decian que no acepte cosas de extraños porque podian tener droga. Todavia no encontre a nadie que me convidara, manga de egoistas.
    Admiro su valor Chester, arriesgarse asi por sus hijos es admirable. se esta volviendo un rival poderoso para el torneo que se avecina.

    No tengo informacion sobre los caramelos, lo siento pero no encontre nada.

    Sir Paul K Peyronel

  2. A mi me decian que no acepte cosas de extraños porque podian tener droga. Todavia no encontre a nadie que me convidara, manga de egoistas.
    Admiro su valor Chester, arriesgarse asi por sus hijos es admirable. se esta volviendo un rival poderoso para el torneo que se avecina.

    No tengo informacion sobre los caramelos, lo siento pero no encontre nada.

    Sir Paul K Peyronel

  3. Golosinas sovieticas! Fijese en el espejo, a ver si ya empezaron las mutaciones.

    slds
    A

  4. En el envoltorio de otra golosina (un paquete de pastillas simil PUNCH) que también nos dio la vieja alcanzo a leer:

    Tržaška cesta 135, 1000 Ljubljana

    Es decir, posiblemente sean caramelos eslovenos. En Mar del Plata vive una comunidad de origen balcánica relativamente importante. Pero mercaditos con productos eslovenos no he visto muchos por la zona. Así que lo más probable es que la vieja los haya comprado en algún viaje a sus pagos.

  5. hola

  6. Hola Friedrich Nietzsche en plena meditacion metafisica occidentalizante.

  7. Habráse visto, señor grande robándole el erdbeere de la nena!

  8. Habráse visto, señor grande robándole el erdbeere de la nena!

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