La maldición de Descartes

No son pocas las veces en que creemos haber hallado la causa única y fatal de algún problema que nos aqueja. En ese momento, emergemos gloriosos del mismo infierno, renovados, gozando del sol que nos da de lleno en la cara. Si pudiéramos, haríamos que el universo se confabulara para alabarnos. Que organizara un desfile –que nosotros encabezaríamos- por una avenida bordeada de gente y de fresnos florecidos, con aves entonando cantatas de Bach. Y por sobre todo, bien a la vista de la muchedumbre, la desnudez de nuestro demonio de turno.

Dejar en evidencia una causa nos libera y nos reconforta. Sitúa el problema dónde imaginamos que podemos dominarlo: si conocemos la causa seguro podemos resolverlo. Y si bien sabemos que no es tan sencillo, estamos felices de haber dado ese paso.

El pensamiento cartesiano proponía desmembrar para entender. Simplificar. Relacionaba a una causa con su efecto de una forma líneal y determinista. Descartes intentaba así aplicar la lógica de las ciencias exactas –él era matemático- en la comprensión de la realidad en la que vivía. Naturalezas simples para resolver problemas complejos. Siglos más tarde – a partir de la primera revolución industrial y de la mano de Hegel– comenzó a tomar forma un nuevo paradigma: el pensamiento sistémico. La realidad, bajo esta filosofía, es un todo complejo en el que todas las partes que lo componen son interdependientes y se relacionan entre sí. Dado un determinado problema, existe un multiplicidad de variables y de relaciones causa-efecto en cualquier parte del sistema que inciden directa o indirectamente sobre él. Algunas cercanas, otras muy lejanas. Trescientos años después y con la Teoría de los Sistemas reinando, nosotros seguimos pensando linealmente y soñando con Descartes.

La tentación es grande, lo acepto. Pero es muy peligroso: encontrar una explicación es –de alguna manera- señalar a un culpable. Lo que la mayoría de las veces no deja de ser una enunciación inofensiva, encierra un prejuicio enorme: algo o alguien tiene la culpa de lo que me pasa. Por diversas razones (la insignificancia del problema, las pautas culturales y/o morales, las creencias religiosas o, sencillamente, la imposibilidad material) no emprendemos una caza de brujas para dar con lo que creemos causante de cada una de nuestras dificultades. Dejando de lado todas las variables que intervienen en el planteo de una realidad determinada, espetamos fofamente: “la falta de educación”. Ya está. Ahora podemos dormir tranquilos.

Esta situación se potencia cuando los que “acusan” son los denominados formadores de opinión. Preste atención y verá que no pasará mucho tiempo hasta que en algún medio masivo un “experto” – con o sin intención- caiga en esta trampa simplista. Y haciendo caer junto a él a esa consumidora compulsiva de clichés llamada opinión pública. Ejemplos sobran:

• La razón de que seamos cada vez más superficiales, egoístas y competitivos es Gran Hermano.
• La causa de la violencia en el fútbol son los tipos que van drogados a la cancha.
• Un pibe entró a un aula armado con un rifle y mató a todos sus compañeros porque escuchaba todo el día a Marilyn Manson.
• La chicas adelgazan de más por culpa del modelo de belleza que nos impone nuestra cultura.

Y la opinión pública, inocente como es, compra. Asiente y se apropia. La opinión pública es una esponja gigante, una planta carnívora hambrienta. No repregunta, confía en lo que le dicen. Y engorda a base de prejuicios y frases hechas. Somos estúpidos por culpa de Gran Hermano, hay que erradicar ese programa y ridiculizar a todos lo que lo miran. Además hay que deportar a todos los bolivianos que nos quitan el trabajo a los argentinos. Y prohibir los videojuegos violentos porque sino nuestros hijos después maltratan a sus primos. Y eliminar a la principal causa de nuestra decadencia: los negros.

La mayoría de las veces no avanzamos más allá de la simple afirmación. Meros guiños con taxistas o compañeros de ascensor. Pero el daño ya está hecho.

Debemos comprender que somos parte de una telaraña colosal, en la que todos los hilos están firmemente entrelazados. Y en la que cualquier movimiento en uno de ellos, incide en el resto y en la telaraña toda. Que algo sucede por efecto de distintos movimientos en el sistema y no por uno único y excluyente. Es buena manera de entender también que – siendo parte de un todo sistémico- los problemas de los demás, son nuestros problemas. Y que el bienestar de los demás es nuestro bienestar. Es bastante más reparador que dilapidar la vida peleando batallas contra enemigos inventados.

~ por nuncahubounavez en marzo 27, 2007.

8 comentarios to “La maldición de Descartes”

  1. A pesar de que Ud. es mi enemigo declarado, confesaré que me gustó el texto, post, artículo o como se llame. Y yo que pensaba que la culpa de todo era de los negros…

  2. La verdad, me gusta tu teoría. Ahora ya no te voy a pelear más…

  3. Me gustó el blog y los distintos posts. Incluso tengo una contribución para hacer, si es que se puede.
    Escríbanme a mariano.morettini@gmail.com o a sanguli@hotmail.com, para, de paso, tenerlos en el msn.
    Saludos

    Mariano Morettini

  4. ¡Hola Mariano! Gracias por pasar. Me alegro de que te gusten los textos. Y mandá lo que quieras a nuncahubounavez@gmail.com

    Un abrazo.

  5. Una reflexión muy interesante y atinada.

  6. ¿Sabe lo que es PRON 2010?
    Acérquese a nuestro espacio.

  7. Mr. verloc: No ande echando culpas por ahí, usted se las busca solo. Y si no puede evitarlo, échele la culpa a su mamá que seguro hace más mérito que los negros.

    Carmen: En buena hora, de saberlo hubiera escrito esto hace ocho años.

    Raúl: Gracias. Y le juro que hubiera sido más atinada si no la hubiera escrito. Necesito urgente un traductor mente / papel (o sustituto electrónico).

    Daniel Huaura: Fútil su intento de hacer publicidad en este blog al que sólo leemos cuatro gatos. Y no creo que ninguno de esos gatos piense como usted. Salvo Mr. Verloc, que es medio facho.

  8. Y ahora don Verloc actualicemos de una vez, que las hordas sedientas que nos mandó Podeti ya están un poco cansadas de leer reflexiones sobre pensadores franceses del siglo 16.

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